AUTOR: Jean-Paul Sartre
TÍTULO: La Náusea
EDITORIAL: Losada, S.A. (Vigésimo octava edición)
AÑO: 2003
PÁGINAS: 269
TRADUCCIÓN: Aurora Bernárdez
RANK: 10/10




Por Alejandro Jiménez

Como en ninguna otra ocasión siento el vértigo de escribir a flor de piel. Sobre La Náusea quisiera decirlo todo, o tal vez nada, para mantener así su imagen amplia y profunda. Cuando leí esta novela por primera vez, hace casi una década, supe de inmediato que contenía algo importante, algo que se revelaba allí, entre sus páginas, y me tocaba, aunque yo no lo alcanzara a definir a ciencia cierta. Con el tiempo, me he dado cuenta de que lo que sentía entonces era miedo; no es fácil convencerse de que hemos sido arrojados, y que vivimos en un mundo con pocos asideros. La naturalidad que acompañó mi forma de vivir hasta ese momento, se ha venido transformando en una conciencia de gratuidad o, mejor dicho, me he convertido en esa gratuidad, una verdad que se mantuvo socavada durante tanto tiempo, en mi caso, por los discursos de la familia y la religión.

Con esto quiero decir que La Náusea es un espacio recurrente en mi vida. Una novela que he leído muchas veces, buscando a toda costa no llegar a desgastarla, no encasillarla bajo últimas palabras, sino mantenerla como una fuente abierta, como la voz que se nos da y ya no se olvida, pero que uno se cuida de renovar constantemente. De modo que, ahora, si llego a escribir algunas cuartillas de las que no quepa avergonzarme, me daré por servido; ya puede considerarse mucho el atrevimiento de trazar un par de palabras sobre una novela que expone tanto. A fe mía que las personas vamos encontrando a lo largo de la vida algunas obras que se vuelven definitivas, por lo que explican, por la situación en la que las leemos, o por la sorpresa que nos causan. Si yo tuviera que definir mi propia lista de esas obras, el lugar más alto, y de lejos, lo ocuparía La Náusea.

Es así que no me propongo hablar aquí de Jean-Paul Sartre; voy a intentar asumir, al modo como lo hacen algunas escuelas literarias, La Náusea como una realidad en sí misma. Sin embargo, es necesario precisar al menos dos aspectos que pueden contribuir a la comprensión de lo que escriba: en primer lugar, que esta novela tiene un carácter explícitamente filosófico. Esa lectura aplicada que hizo Sartre de la fenomenología husserliana no sólo se reflejó en sus obras teóricas de la época –La Trascendencia del Ego, Esbozo de una Teoría de las Emociones, o El Ser y la Nada-, sino que, de igual manera, alcanzó y permeó sus escritos literarios; una condición que fue palpable ya en El Muro, pero que en La Náusea muestra su mayor complejidad: el lenguaje y las disertaciones propias de la ontología filosófica.

El segundo aspecto que quisiera resaltar tiene que ver con el pesimismo que tradicionalmente se le atribuye a la obra. Casi que sistemáticamente se le han achacado todo género de críticas: “inmovilidad”, “fatalidad”, “nihilismo”; ataques que parten de una visión muy sesgada, pero que han contribuido, a su manera, a forjar una imagen negativa del existencialismo. Como Sartre, pienso que la obra, si bien enfrenta al lector a una situación límite, nunca busca sumirlo en la quietud, y mucho menos, en el desespero. Lo que sucede es que la novela se fundamenta en un ámbito de crisis, en donde los valores convencionales y los fines mismos de la existencia empiezan a flaquear, hecho que insta al ser humano a reinterpretarse a partir de la inquietante certidumbre de su finitud y contingencia.

Estos dos aspectos que pueden resumirse observando que La Náusea es una novela filosófica y problemática en un sentido enriquecedor son elementos que pueden orientar mejor su lectura. Lo que deseo es analizar su naturaleza estableciendo unos puntos guías: primero, voy a re-escribir ese tránsito existencial que personifica Antoine Roquentin y, luego, mostraré varios de los núcleos sobre los que se asienta la reflexión ontológica de la novela.

El periplo vital de Roquentin

Es poco lo que puede indicarse acerca de la trama de La Náusea. Como es una novela que se centra sustancialmente en el universo individual de Antoine Roquentin –el juego entre su mente y existencia-, debe prescindirse de la idea de encontrar en ella un argumento a la vieja usanza de la narrativa. En efecto, podría arriesgarse una historia (la de un hombre que vive en Bouville, en donde se ha instalado para escribir la biografía del Marqués de Rollebon, y quien empieza a experimentar una serie de sensaciones extrañas que, paso a paso, irán ganando fuerza en él y en su forma de comprender el mundo, hasta dejarlo en una situación tensionante), pero dicha historia se vaciaría de todo su valor si se aparta de su plano profundo que es, justamente, el plano filosófico.

Por tal razón, al anotar antes ‘periplo vital’ hago énfasis en ese itinerario que, es cierto, va ocurriendo en el tiempo –incluso, narrado en primera persona a manera de diario-, pero que guarda su esencia en la evolución interna de las experiencias de Roquentin. Grosso modo, esas experiencias evidencian la revelación de las cosas y de sí mismo como existencias; hecho que estuvo opacado para él por mucho tiempo debido a la rutina y familiaridad con que las asumía. Roquentin siente progresivamente que estas existencias, por pequeñas que sean, van más allá de su condición de medios, trascienden su temporalidad y devienen en seres que exigen una justificación que oriente su gratuidad y contingencia. He ubicado los lugares más relevantes de este descubrimiento, que pueden ordenarse de la siguiente manera:

En primera medida, tenemos toda la vida de Roquentin anterior a enero de 1932. Es una época que no acaba de esclarecerse, porque si bien corresponde a sus viajes por Europa, el norte de África y Oriente, lo que escribe el mismo Roquentin sobre ella son pequeñas referencias. Debe inferirse, así, que estos años se suceden sin sobresaltos y que no ocurrió nada excepcional aparte de su romance con Anny –cuyo final constituyó para él algo desconcertante- y de un par de episodios de confusión –el uno en la oficina de la estatuita kmer antes de partir de Francia, y el otro seis años después en la Indochina-. Los continuos viajes, la seguridad de su trabajo, nunca dieron pie para las dudas; él se sabía un hombre solitario, sí, pero poseedor de un espíritu de aventura que justificaba sus días plenamente. “¿Qué puede temerse de un mundo tan regular”, se pregunta el Roquentin de aquel entonces.

Una vez instalado en Bouville la aparente tranquilidad que lo ha acompañado empezará a trastornarse. Se ha mudado allí para redactar las memorias del Marqués de Rollebon, ese hombre ‘seductor’ que conociera más de diez años atrás a través de una semblanza de Germain Berger. Allí, en Bouville, se halla la información más valiosa sobre Rollebon y, por eso, la rutina de Roquentin transcurre entre la revisión de esos documentos y las pocas actividades con las que llena su tiempo libre: el cine, los cafés, la escritura de su diario. Cierto día, a finales de enero, empieza a persuadirse de que algo está cambiando, no sólo en esa rutina que él personifica desde su llegada a Bouville, sino en su vida en general. Escribe “algo me ha sucedido, no puedo seguir dudándolo”.

No está dispuesto a creerse loco; lo que sucede es que las cosas ahora se le muestran de un modo diferente: la sensación del picaporte invade desde la mano todo su cuerpo, un guijarro recogido para lanzarlo sobre el agua, de repente le desconcierta. Los objetos, ellos, han cambiado; en sus propias manos descubre nuevas maneras de tomar las cosas; es como si lo que hasta entonces conociera Roquentin hubiese sido vaciado violentamente, y se enfrentara a un espacio en donde todo es reciente, en donde cada cosa acaba de nacer. Una sensación que se instaló en él “y ahora crece”, que viene en su dirección no de su dirección, y que lo hace percatarse de lo extraño que resulta la situación: un individuo que va de café en café y comienza a temer encontrarse con las cosas directamente.

El día 30 de enero, por primera vez, Antoine Roquentin atribuye un nombre a lo que le sucede: es “una especie de náusea en las manos”, una “repugnancia dulzona”. Esas cosas que están cernidas por todo sitio, en las calles, en su apartamento, incluso ya, en los cafés –que hasta entonces constituían lugares para el escape-, esas cosas, digo, adquieren una fuerza descomunal. Si la libertad de Roquentin consistía en disponer de todos los objetos como medios para lo que se propusiera, puede sentirse maniatado: cada cosa exige de él, en este momento, ser asumida como existencia; de otra forma no se explica cómo lo inanimado logra alcanzarlo, someterlo. Es, justamente, esa certidumbre de la náusea y de que su experiencia irá creciendo hasta abarcarlo todo, una calle completa, por ejemplo la del Bulevar Noir –el sitio más olvidado de Bouville-, lo que preocupa a Roquentin, lo que lo inquieta.

Sin embargo, no está preparado todavía para convencerse de que la náusea es un producto suyo: la camisa del encargado de un café es la náusea, la cerveza que parece invadir por completo una mesa es la náusea, es decir, la náusea es una condición que se desprende de los objetos, la cualidad de ellos que lo encierra bruscamente. Por eso resulta tan difícil para Roquentin, cegado por esta certeza, continuar con su vida cotidiana: el tiempo ya no se deja rellenar, “es demasiado ancho”. Las cosas de las que podía disponer antes a su antojo, ahora se rehúsan a servirle, tienen tanto peso como él, incluso más. Nada puede funcionar ya con ese ritmo que encuentra en la música, en el jazz que lo sublima, en ese Some of These Days en el que todo tiene un orden infranqueable. En la actualidad, para Roquentin ese orden ha sido interrumpido bruscamente y ninguna fuerza parece poder restituirlo.

A partir de aquí Roquentin asistirá a una serie de experiencias concretas. Continuará escribiendo cada vez con menos agrado las páginas de su biografía de Rollebon; vagará por las calles solitario y disperso, sintiendo sobre sí la carga de todo lo que existe; compartirá un par de veladas con el Autodidacto, ese sujeto empecinado en alcanzar su instrucción y participar a través de la acción política en la constitución de su ideal humanista. Pero, en lo que compete a su fuero interno, Roquentin se irá sintiendo, días tras día, cada vez más limitado a su cuerpo. Dada su dificultad de obrar sobre las otras existencias, es obvio que experimente un replegamiento, y esta es una experiencia que no se reduce estrictamente a lo corporal, sino también a lo temporal: paulatinamente Roquentin descubrirá que el único tiempo sobre el que le cabe entenderse es el del presente.

Desencantado de un pasado que encuentra sin gracia ni color, obligado a prescindir del futuro cuya naturaleza radica en lo contingente, Roquentin alcanzará un punto cardinal de su experiencia. Dejará de ver los objetos como el foco de la náusea, y él mismo se situará, si bien no muy concretamente todavía, en el interior de ese juego; empezará a ser una parte activa de él, no ya un mero receptor, y por eso dirá, poéticamente: “soy yo quien hiende la noche”; es ese Roquentin sumergido aún en un marullo de “días que se empujan en desorden”, pero que vislumbra a través de una especie de confusa lucidez ciertos aspectos sobre sí mismo. Uno de ellos, importantísimo, el del vértigo que genera la existencia:

“Echo a andar. El viento me trae el grito de una sirena. Estoy solo, pero camino como un ejército que irrumpiera en una ciudad. En este momento hay navíos resonantes de música en el mar; se encienden luces en todas las ciudades de Europa; nazis y comunistas se tirotean en las calles de Berlín; obreros sin trabajo callejean en Nueva York; mujeres delante del espejo, en habitaciones caldeadas, se ponen cosmético en las pestañas. Y yo estoy aquí, en esta calle desierta, y cada tiro que parte de una ventana de Neukölln, cada vómito de sangre de los heridos, cada ademán menudo y preciso de las mujeres que se engalanan, responde a cada uno de mis pasos, a cada latido de mi corazón (…) Frente al pasaje Gillet ya no sé qué hacer. ¿Acaso no me aguardan en el fondo del pasaje? Pero también en la Plaza Ducoton, al final de la calle Tournebride hay cierta cosa que me necesita para nacer. Estoy lleno de angustia: el menor gesto me compromete. No puedo adivinar qué quieren de mí. Sin embargo, es preciso escoger; sacrifico el pasaje Gillet, ignoraré para siempre lo que me reservaba” (Págs. 89-90)

Primero, hay esa inversión de polaridades: es verdad que las cosas siguen estando allí en su lugar, con la potencia de fuerzas recién creadas, pero Roquentin ha colegido algo, y es que esas existencias deben su condición, no a ellas mismas, sino a él, esto es, que es el propio Roquentin el que las hace nacer y renovarse. En consecuencia se encuentra esa declaración fundacional del existencialismo en el párrafo anterior: “hay cierta cosa que me necesita para nacer”; nada podrá originarse sin el visto aprobatorio de Roquentin. Esos nazis y comunistas que se tirotean en Berlín existirán mientras los piense, lo que existe en la calle Tournebride es algo que puedo ignorar o conocer. Ese es el vértigo de la existencia, una libertad abierta, una puerta que se abre para que el hombre conozca lo que existe, y lo haga ser; una experiencia que resulta si no agobiante, al menos sí angustiosa –como declara el mismo Roquentin-, por la dificultad que presupone encontrar razones válidas para elegir ese camino por el que deseamos transitar.

De esta nueva posición que empieza a personificar Antoine Roquentin podrían inferirse dos cuestiones: por un lado, que en tanto es el hombre quien hace nacer las cosas merced a una determinada elección, el concepto de nada se equipara más significativamente al de existencia suspendida; la nada es aquello que está en espera y, por ende, su cualidad esencial, como la del futuro, es la de la contingencia: lo que es nada, en este momento, puede aparecer dentro de un instante o no hacerlo nunca, así de simple. Por otra parte, se abre una interpretación más compleja del verdadero trabajo que persigue Roquentin con las memorias de Rollebon, y es el de rastrear en él su fuerza existencial, su aventura, lo que hizo nacer a cada paso; aspecto que resultará conflictivo para Roquentin en la medida en que lo obliga a remitirse a un pasado que ya está escrito y, sobretodo, del que es muy difícil comprender a cabalidad ciertos aspectos.

Lo que viene después es una profundización del vértigo. Hay una cosa clara, tal vez el elemento más verídico para Roquentin, y es que ese ir por el mundo proveyendo de existencia a los objetos se traduce en una experiencia individual, irreductible. No importa que en algún parque, en aquel café, haya un hombre que esté atravesando la misma situación de Roquentin, de nada vale siquiera poder decir: “ese es de los nuestros”. Nadie se echará encima suyo la carga de la elección del otro, nadie podrá meterse en su pellejo para justificar esta u otra existencia. Lo que cabe entender como arrojamiento es precisamente eso: el mundo está allí, pero nosotros le damos forma, lo significamos, y más vale que sepamos de entrada que nadie puede atribuirse la tarea de hacerlo por nosotros, básicamente porque mi experiencia es intransferible; la única garantía de su ser viene de mí mismo.

“¿A dónde ir?”, será la pregunta constante de Roquentin en estos días. “Todo puede suceder”, todo está esperándole, cada cosa lo requiere y lo incita. Un simple paseo por el barrio Beauvoisis se convierte en una sensación palpitante: mientras camina van existiendo, según los mira y los piensa, los picos del gas, el relieve del pavimento, los cafés de las esquinas, las barcas del fondo, en el puerto. La angustia de lo que sobresale y lo que queda para siempre en el olvido. La verdadera naturaleza del presente que se revela en todo lo que existe, y por fuera de él, lo que ha quedado y lo que espera. La carga toda de la existencia encima suyo. Frente a semejante peso, no es de extrañarse que Roquentin renuncie en esta época a escribir la biografía del Marqués de Rollebon: él, que no ha tenido fuerza para retener su propio pasado, que a fuerza de voluntad ha conservado apenas algunas imágenes, cómo podría pervivir el pasado de otro y, ante todo, cómo podría ser objetivo con la vida de aquel, si toda biografía es necesariamente la versión de su autor.

Así, la renuncia a escribir las memorias de Rollebon y el vértigo creciente de su vida, llevan a Roquentin al clímax de su periplo. Hasta ese momento la concepción de sí mismo estuvo limitada, al principio, porque se suponía el punto de llegada de las cosas y, luego, porque su potencia de hacedor se reducía a los objetos. Una tarde de lunes, sin embargo, habiéndose liberado de Rollebon, ese hombre que era su “razón de ser”, se concibe no ya como el medio para que aquel existiera, sino como una existencia que ha nacido de repente; Roquentin siente la náusea de sí mismo:

“M. de Rollebon era mi socio: el me necesitaba para ser, y yo lo necesitaba para no sentir mi ser. Yo proporcionaba la materia bruta, esa materia bruta que tenía para la reventa, con la cual no sabía que hacer: la existencia, mi existencia. Su parte era representar. Permanecía frente a mí y se había apoderado de la mía para representarme la suya. Yo ya no me daba cuenta de que existía, ya no existía en mí sino en él; por él comía, por él respiraba, cada uno de mis movimientos tenía sentido fuera, allí, justo frente a mí en él; ya no veía mi mano trazando las letras en el papel, ni siquiera la frase que había escrito; detrás, más allá del papel, veía al marqués que había reclamado este gesto, cuya existencia consolidaba este gesto. Yo era sólo un medio de hacerlo vivir, él era mi razón de ser, me había librado de mí. ¿Qué haré ahora? (…) Sobretodo no moverse, no moverse… ¡Ah! No puedo contener ese encogimiento de hombros… La Cosa que aguardaba, me ha dado la voz de alarma, me ha caído encima, se escurre en mí, estoy lleno de ella. La Cosa no es nada: la Cosa soy yo. La existencia liberada, desembarazada, refluye sobre mí. Existo” (Págs. 151-152)

El descubrimiento de todo lo que hasta ese instante estuvo en suspenso será la experiencia de este nuevo Roquentin: el movimiento de su lengua, el charquito de saliva que se mantiene en su boca, la sangre que brota de una mano herida, el sudor que baja por su espalda; todo lo que existe en Roquentin reclama su conciencia. Entonces ya no es sólo que él deba hacerse cargo de impartir orden en lo externo, sino que también y principalmente, hay un mundo interior que existe y lo solicita. “Existo porque pienso… y no puedo dejar de pensar”, se confiesa, no sin pesar, Antoine Roquentin. No hay escapatoria a ese pensamiento que ahora ha encontrado una instalación mucho más cómoda rastreando su propia existencia. Y como él no tiene ni esposa, ni amigos, ni siquiera trabajo, la tribulación se hace mucho más grande, porque el tiempo que tiene para pensarse no lo puede destinar en alguna de esas ocupaciones.

Esta es la época de su diálogo con el Autodidacto, esa velada en la se le escapa a Roquentin una terrible afirmación: “no hay ninguna razón para existir”. Y es que habiendo perdido todo asidero gradualmente ya no encuentra qué pueda llenar el vacío que lo invade. Las cosas que hasta entonces habían sido puros medios, es decir, que utilizaba según la función para la que fueron creadas, se rebelan, ya no aceptaban dicha condición. Y él mismo, que había encontrado su sostén en revivir lo hecho por el Marqués de Rollebon, experimenta la gratuidad, el haber sido arrojado a la vida sin una justificación clara. Nada de lo que diga el Autodidacto sobre el heroísmo que hay en cada acto humano, ni sobre ese fundamento universal que puede encontrarse en el hombre, en su felicidad, puede convencer a Roquentin de una idea que corroe su cabeza: “la náusea no es una enfermedad ni un acceso pasajero: soy yo”.

Será un periodo límite para Roquentin; las cosas y él mismo se vaciarán definitivamente de sus valores. Ya nada pertenece a sus antiguas categorías, nada cumple con sus funciones; el mundo descubre su verdadero y único rostro que es el de la existencia: todo está allí para ser semantizado y, especialmente, justificado. Roquentin se persuade de este hecho: “de existir, había que existir hasta eso, hasta el verdín, el abotagamiento, la obscenidad”. Cada objeto, cada hecho, incluso, ahora, las mismas acciones de Roquentin reflejan su arbitrariedad: frente a qué puede decirse que esto es bueno o malo, por qué razón hacerlo o dejarlo, por qué escoger este derrotero y no el siguiente. Gratuidad y arbitrariedad, he ahí las dos condiciones que le permiten pensar su propia realidad. Es en este estado en el que Roquentin vive la famosa escena del castaño, sentado en una silla del Jardín Público:

“Éramos un montón de existencias incómodas, embarazadas por nosotros mismos; no teníamos la menor razón de estar allí, ni unos ni otros; cada uno de los existentes, confuso, vagamente inquieto, se sentía de más con respecto a los otros. De más: fue la única relación que pude establecer entre los árboles, las verjas, los guijarros. En vano trataba de contar los castaños, de situarlos con respecto a la Véleda, de comparar su altura con la de los plátanos: cada uno de ellos huía de las relaciones en que intentaba cerrarlo, se aislaba, rebosaba. Yo sentía lo arbitrario de estas relaciones (que me obstinaba en mantener para retrasar el derrumbamiento del mundo humano, de las medidas, de las cantidades, de las direcciones); ya no hacían mella en las cosas. De más el castaño, allá, frente a mí, un poco a la izquierda. De más la Véleda… Y yo –flojo, lánguido, obsceno, dirigiendo, removiendo melancólicos pensamientos-, también yo estaba de más” (Pág. 196)

Hasta aquí, a veces hasta mucho antes, llegan las lecturas que hacen ver La Náusea como una novela pesimista. La experiencia de Roquentin nos ha puesto frente a una situación, de cierto modo, trágica: todo lo que puede comprenderse del mundo se reduce a un absurdo fundamental, esto es, el carecer de una razón en la que se fundamente esa experiencia de conocimiento, de vida. La riqueza de lo que existe, se plantea Roquentin, en un punto dado deviene confusión, todo se vuelve subrepticiamente demasiado, y reduce al ser humano a una fuerza diminuta que busca en vano organizar un mundo complejo e irreductible. Empero, hay dos aspectos que van a ser definitivos para cerrar en una vía positiva este embrollo en el que nos hemos sumergido.

El primero es el concepto de contingencia. En una de sus usuales cavilaciones, Roquentin se estrella con una idea admirable: “Lo esencial es la contingencia… la existencia no es la necesidad”. Es decir, lo que define la condición más profunda del ser humano es su contingencia, el poder ser o no, según él mismo lo determine con base en su libre elección. Y este aspecto es importante porque le permite comprender a Roquentin que lo que resulta ciertamente absurdo no es, como se dijo, apabullarse en medio de todo lo que existe, sino creer que en verdad estamos en la capacidad de darle orden a todo aquello. Si Roquentin, como cualquier hombre, se sabe mortal, finito, y sobre él opera la misma gratuidad y angustia que sobre cualquier otro, su heroísmo debe esperarse de que lo poco que elija, libremente, en ese pequeño espectro al que da orden realmente.

La existencia no es la necesidad, por lo tanto, no necesitamos fundamentarlo todo, simplemente lo que elijamos. Roquentin descubre que es absurda la idea de un dios humano que pueda erigirse como el fundamento y señor de todo lo que existe; esa labor supera las posibilidades suyas, y las de cualquier hombre. Por lo tanto, se limitará a lo contingente, a esa vía abierta que espera de él, y sólo de él, su elección precisa y situada. Aún dirá aquello de que “todo lo que existe nace sin razón, se prolonga por debilidad y muere por casualidad”, pero en ello no hay un sesgo pesimista. Si nos despojamos de los valores a priori –como el religioso-, efectivamente, todo nace sin razón; del mismo modo se prolonga por debilidad, en el sentido de que débil significa suspenso, o sea, en espera de realización y; finalmente, muere por casualidad, puesto que ese es el principio mismo de la contingencia.

Lo que permitirá sacar a Roquentin todos estos elementos en claro es su encuentro con Anny. Aquella mujer –que justo lo ha llamado cuando él ha determinado partir de Bouville, toda vez que sus razones para estar allí se han disipado- ha atravesado, a su manera, un periplo semejante al de Antoine Roquentin. Su charla en París, después de unos seis años de separarse, precisa muchos puntos que permanecían en el tintero, y que pueden resumirse en lo que Anny da en llamar las situaciones privilegiadas, un juego que, cuando fueron pareja, no llegó a entender del todo Roquentin, pero que siente muy cercano a su forma de pensar actual.

Las situaciones privilegiadas equivalen un poco a esos momentos de la existencia que requieren de un grado mayor de responsabilidad electiva, aquellas que tienen una importancia inusual –y en los que Anny, años atrás, solía involucrar a su novio, fiel a su oficio de actriz-. Dentro de esas situaciones siempre hay unos signos anunciadores, es decir, unos elementos que nos interpelan directamente para escuchar de nosotros si buscamos de ellos –en palabras de Anny- un momento perfecto, mejor dicho, si los estamos asumiendo como algo excepcional, algo que requiere de nuestro orden. Una cuestión moral se cierne sobre aquella elección, tanto que de la situación que se afronta debe esperarse una obra de arte. Lo estúpido, confiesa Anny a Roquentin, es mantenerse estoico; las elecciones sobre las situaciones siempre son diferentes, al igual que sus consecuencias: la vida no puede ser representación ni testimonio, tiene que ser acción real.

Solo y libre, sin poder contar siquiera con la compañía de Anny que partirá pronto de París, la vida de Roquentin se parece mucho a la muerte. En el fondo su lucha final será por sobreponerse frente al temor. No debe caer en la rutina, ese mañana de los autómatas que siempre es un nuevo hoy; debe alzarse por sobre todo esto. Es verdad que hacer algo es crear existencia, y ya hay mucha existencia, por tal razón es mejor atreverse a ser. He ahí la diferencia radical: su propósito no habrá de reducirse a existir, tiene que trascender al ser. El aparente desorden de la vida es consecuencia de errar en este deseo, de mirar el mundo y decirse: “que feo va todo esto”, y quedarse allí, aplacado; de alguna manera habrá que lavarse del “pecado de existir”, “tanto como puede hacerlo un hombre”. La negra que canta Some of These Days hizo lo suyo; Roquentin la recuerda como alguien semi-legendario. Su periplo personal lo ha traído hasta acá: el momento definitivo para ser y aceptarse.

Los núcleos ontológicos de La Náusea

A continuación quiero analizar más concretamente cuatro de los elementos sobre los que descansa la cuestión ontológica de la novela; me refiero a la soledad, la gratuidad, la temporalidad y la fragilidad. Antes, sin embargo, quisiera aclarar que el carácter ontológico de Roquentin es asumido en La Náusea desde una perspectiva filosófica existencial, configuración que puede condensarse bajo uno de los axiomas de El Ser y la Nada: la existencia precede a la esencia, esto es, una ontología que rehúye de las fundamentaciones a priori y universales del ser, para relativizarlas como producto de las acciones y experiencias individuales.

El primer rasgo ontológico presente en La Náusea es la soledad. A lo largo de toda la novela se insistirá en esta idea que podríamos denominar transversal. Antoine Roquentin es un hombre, eminentemente, solitario; el mismo epígrafe de Céline que precede su diario da pistas ya del tipo de personaje al que nos enfrentamos: “es un muchacho sin importancia colectiva, exactamente un individuo”. Más notorio es el hecho de que Roquentin asuma con total tranquilidad, incluso, con naturalidad, su condición: no hay en él ninguna alarma por no tener –como una persona del común- amigos ni familia, tampoco es palpable en él la preocupación por encontrar una pareja; las nostalgias del placer las purga, como nos dirá en su momento, con la patrona del Rendez-vous des Cheminots.

Pero, la soledad no se reduce a esa condición externa; para Roquentin tiene implicaciones mucho más profundas, una de ellas, fundamental, tiene que ver con que solamente en la soledad es factible experimentar la náusea. Mientras los hombres se mantengan agrupados por el miedo, mientras continúen enfrascados en sus labores diarias sin un minuto para pensar en ellos mismos, mientras disfracen su realidad en el culto a la familia o los clubes, estarán salvados. Porque para vivir las sensaciones de extrañeza frente a lo que existe “basta estar un poquito solo, justo lo necesario para desembarazarse de la verosimilitud en el momento oportuno”. Es así que en este aspecto particular también hay una evolución en Roquentin; tal vez fuera un ser social como cualquiera hace muchos años, luego de los cuales se convirtió en un aficionado que vivía fuera de los grupos, pero cerca ellos, a una distancia que pudiera franquear cuando le acometiera alguna crisis; y, finalmente, desembocó en esto, en ese individuo gris que se escabulle por las calles evitando cualquier contacto, viéndolo todo desde el margen. Un antecedente de esa soledad en la que él mismo ha recaído la encuentra Roquentin en un tipo extraño que frecuentaba el parque en su niñez:

“Estoy solo en medio de estas voces alegres y razonables. Todos estos tipos se pasan el tiempo explicándose, reconociendo con fidelidad que comparten las mismas opiniones. ¡Qué importancia conceden, Dios mío, al hecho de pensar todos juntos las mismas cosas! Basta ver la cara que ponen cuando pasa entre ellos uno de esos hombres con ojos de pescado que parecen mirar hacia adentro, y con los cuales nunca pueden ponerse de acuerdo. Cuando yo tenía ocho años y jugaba en el Luxemburgo, había uno que iba a sentarse en una silla junto a la verja que costea la calle Auguste Comte. No hablaba, pero de vez en cuando extendía la pierna y se miraba el pie con aire espantado. En ese pie llevaba un botín, en el otro una pantufla. El guardián dijo a mi tía que era un antiguo celador. Lo habían jubilado porque fue a clase a leer las notas trimestrales con frac de académico. Le teníamos un miedo horrible porque sabíamos que estaba solo. Un día sonrió a Robert tendiéndole los brazos desde lejos; Robert estuvo a punto de desvanecerse. No era el aire miserable de aquel tipo lo que nos daba miedo, ni el tumor que tenía en el pescuezo y que el borde del cuello postizo rozaba; sentíamos que elaboraba en su cabeza pensamientos de cangrejo o langosta. Y nos aterrorizaba que pudieran concebirse pensamientos de langosta sobre la silla, sobre nuestros aros, sobre los arbustos” (Pág. 22)

Un poco esa imagen de aquel viejo será la que proyecte muchos años después el propio Roquentin. No es una condición que se persiga a propósito, es simplemente el resultado de lo que va experimentando a lo largo de su vida; en cierta medida, Roquentin disfruta de lo social, y por eso camina por las calles y va a los cafés, pero prefiere mantener siempre una perspectiva bien individual, él es antes que otra cosa, un observador. Pero, además, no es el único de la ciudad; por aquí y por allá se ven rostros fatigados y solitarios, cada uno llevando encima su propia náusea, y de nada sirve que esto sea así porque no se trata de una condición que pueda llevarse mejor entre dos –esto lo comprueba Roquentin con el Autodidacto y con Anny-, sino que cada quien debe encargarse de dar orden a su propia existencia: del reconocimiento del otro no cabe esperar ayuda ni compasión, sólo eso: reconocimiento.

El otro elemento que quiero analizar es el de la gratuidad. Se dijo más arriba que ésta la descubre Roquentin casi como correlato de su náusea, es decir, que al saberse él mismo como náusea se desata su gratuidad, ese convencimiento de estar arrojado en el mundo, sin ningún tipo de justificación, y con el vértigo de la libertad a sus espaldas. Mas, aunque esto ocurre de ese modo, es posible hallar ya en los momentos iniciales de su historia la sensación de gratuidad. Un viernes, en la tarde, Roquentin decide acercarse a la ventana y de súbito lo cubre esa sensación: “Veo el porvenir. Está allí en la calle, apenas más pálido que el presente. ¿Qué necesidad tiene de realizarse? ¿Qué ganará con ello?” Esa voz que viene de sí mismo pero lo sorprende es una declaración primitiva de la conciencia que alcanzará tiempo después. La vieja que cruza por la calle, los coches que suenan raudos a lo lejos son pura gratuidad, anuncian porvenires, pero una vez en el presente se descolorizan.

Filosóficamente hablando, la gratuidad es una cualidad de la existencia. Si nos atenemos a esa tesis inicial que plantea que todo existencia precede a su esencia, se hace obvio que, al menos mientras dicha existencia encuentra una razón que la justifique, conservará una condición de gratuidad, por lo que, en consecuencia, esa razón o esencia que puede llegar en cualquier momento diluirá la gratuidad hasta anularla. La novela proyecta este juego desde distintas perspectivas: primero, con relación a los objetos, luego con relación al mismo Roquentin y, por último, con relación a la vida en su totalidad. De allí que necesariamente la historia cierre con esa gran pregunta del protagonista: “¿es posible justificar la existencia?”, que bien puede traducirse, en nuestros términos a: ¿cómo es posible trascender la gratuidad de la existencia?

Y hay dos respuestas de las que Roquentin es conciente. En primer lugar, la que ha discutido con Anny en París; convertir la existencia en una obra de arte, hacer de ella una aventura que busque la perfección, mudar lo cotidiano en situaciones excepcionales en las que podamos proyectar libremente nuestras elecciones y responsabilizarnos de sus consecuencias; siendo dichas situaciones determinadas por el individuo bajo el deber moral de sublimarlas. Y, por otro lado, está la respuesta que viene de la música, del jazz que acompaña a Roquentin en sus crisis más profundas; allí también se vislumbra una salvación: la de la negra que cantando ha dejado de existir, y ahora es; porque “hay que ser como yo, hay que padecer con ritmo”, parece escucharle Roquentin, y entonces intuye que superar la gratuidad es irse de lleno sobre el ser, a encontrar algo que sea digno de la memoria.

El hecho es que la gratuidad y la soledad toman cuerpo en un tercer elemento ontológico que es el de la temporalidad. La existencia no sólo ocurre en un plano espacial, sino también en otro temporal, y en la medida en que Roquentin va descubriéndose como un ser libre, mortal, comprometido, el tiempo como totalidad empieza a reducirse hasta terminar anclado en el presente. Los esfuerzos que realiza por mantener vivo su pasado lo hacen entrar en la cuenta de que todo lo vivido emprende en sus recuerdos una carrera irremediable hacia la muerte; cada evocación es una fisura, una buena parte que se cuaja en el olvido. Y lo propio puede hablarse respecto del futuro que es pura y llana contingencia, lo que no logra alcanzarse en la condición actual, lo que nunca llegará a asumir la cualidad de verdadera existencia.

Roquentin evidencia ese asentamiento del tiempo en el presente por medio de algunas experiencias concretas. Algún día recibe al Autodidacto en su casa y frente a algunas fotos que le muestra a aquel de sus viajes por España se incomoda repentinamente: no hay manera de regresar sobre lo vivido sin convertirlo en ficción; cada palabra que pronuncia Roquentin sobre lo que hizo en el pasado parece cargarse de impresiones que van desde su presente hasta allá, ensuciándolo todo, y como ya no es posible tener de ello una experiencia directa, constantemente padece la idea de estarse vendiendo una mentira. Esto es lo que ocurre cuando como un rayo la idea de no haber vivido nunca aventuras atraviesa su mente:

“Algo comienza para terminar: la aventura no admite añadidos; sólo cobra sentido con su muerte, que acaso sea también la mía, me veo arrastrado irremisiblemente. Cada instante aparece para traer los siguientes. Me aferro a cada instante con toda el alma; sé que es único, irremplazable, y sin embargo, no movería un dedo para impedir su aniquilación. El último minuto que paso –en Berlín, en Londres- en brazos de una mujer conocida la antevíspera –minuto que amo apasionadamente, mujer que estoy a punto de amar- terminará, lo sé. En seguida partiré a otro país. Nunca recuperaré esta mujer, ni esta noche. Me inclino sobre cada segundo, trato de agotarlo; no dejo nada sin captar, sin fijar para siempre en mí, nada, ni la ternura fugitiva de esos hermosos ojos, ni los ruidos de la calle, ni la falsa claridad del alba; y sin embargo, el minuto transcurre y no lo detengo; me gusta que pase (…) Y entonces de pronto algo se rompe. La aventura ha terminado, el tiempo recobra su blandura cotidiana. Me vuelvo; detrás de mí la hermosa forma melódica se hunde entera en el pasado. Disminuye; al declinar se contrae, ahora el fin y el comienzo son una sola cosa. Al seguir con los ojos ese punto de oro, pienso que –aunque hubiese estado a punto de morir, de perder una fortuna, un amigo- aceptaría revivirlo todo, en las mismas circunstancias, de cabo a rabo. Pero una aventura no se empieza de nuevo ni se prolonga” (Págs. 64-65)

Lo que no comprende en ese momento Roquentin es que usualmente se equipara la aventura con algo extraordinario, pero cuando se considera que nada ocupa un lugar distinto al que le determina su antecedente, que nada llega a sorprender realmente en esa cadena de sucesos que se atan muriendo y naciendo a cada instante, la aventura se desmorona, y no deja de ser un acto más de lo cotidiano. Porque la aventura puede hallarse en el pasado cuando se descubre entre los enlaces de las experiencias lo inesperado, pero, sobre todo, se encuentra en ese riesgo de vivir, en el vértigo que produce estar frente a un mundo de posibilidades ilimitadas, abierto a nuestra libertad, incluso, exigiendo de nosotros poner en juego esa libertad. En términos de tiempo, esto quiere decir que sólo en el presente puede hablarse de aventura, porque sólo allí hay riesgo, o sólo desde allí puede irse en retrospectiva hacia lo inusual de alguna de nuestras experiencias.

Otro aspecto que profundiza más el carácter temporal de la novela tiene que ver con la música. En ella Roquentin encuentra una estructura similar a la de la aventura: cada nota, cada sonido se va apiñando en el ritmo, sin detenerse un solo instante, muriendo el primero para que aparezca el siguiente, y todos siguiendo ese orden que les atribuye la melodía, cada uno justificándose en la ascensión de esa totalidad que es la canción. Si pudiera extraer uno de esos sonidos –se dice Roquentin- quedaría con un pedazo muerto entre los dedos, algo “canallesco y languideciente”, porque extrapolado de su conjunto esa parte pierde su razón. Cuando decía antes que la música era uno de esos casos que habían trascendido –en opinión de Roquentin- la gratuidad, me refería también a esto que se observa ahora: desde el presente, y sólo desde él, nos es dada la posibilidad de ir encadenando al modo de las notas del jazz, esas elecciones que vamos tomando a propósito de todo, y su fin debe constituirlo la vida en su generalidad.

Finalmente, quisiera considerar un último elemento, que es el de la fragilidad. La existencia no sólo es gratuita y contingente, también es frágil; una fuerza minúscula es capaz de echarla al traste; como ese jazz que se desbarataría de repente por “un resorte roto, un capricho del primo Adolphe”, así mismo las existencias se están equilibrando sobre una cuerda endeble. Bastaría para acabar con todo una elección desafortunada, la libertad de alguien que nos atropella, el deseo propio de suicidarse. “Hay momentos –piensa Roquentin- en que uno tiene la impresión de que puede hacer lo que quiere, adelantarse o retroceder, que esto no tiene importancia; y otros en que se diría que las mallas se han apretado, y en estos casos se trata de no errar el golpe, porque sería imposible empezar de nuevo”.

Esa sensación de fragilidad acompaña siempre a Roquentin, especialmente cuando descubre la náusea en sí mismo, porque entonces ya no sólo debe dar cuenta de unas existencias ajenas que exigen de él ser pensadas y justificadas, sino también encontrar una razón para su propia vida, y como se sabe involucrado directamente en ello, colige que sus elecciones y, más concretamente, las consecuencias de ellas, pueden en cualquier momento volverse sobre él para cuestionarlo. Sentirse frágil es, así, sentirse arrojado pero, principalmente, inmerso dentro de un juego deleznable, contingente, del que no es posible ya evadirse una vez ha ganado un lugar en nuestra conciencia. A esto se reduce vivir: la fragilidad de una existencia que busca su fundamento en un mundo contingente.
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Roquentin escribió las palabras que pueden resumir La Náusea: “la existencia es un lleno que el hombre no puede abandonar”, por eso su heroísmo –que ya es mucho- sólo debe rastrearse en su deseo de ser a toda costa, primero, libre y, después, creador.

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